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Periodismo de Ciencia y Tecnología. Agosto 2002 

 

Hepatitis C, virus silencioso

 

El hígado es un órgano vital que cumple con actividades metabólicas esenciales. "Podríamos decir que realiza cuatro funciones fisiológicas muy importantes: metaboliza proteínas, grasas, hidratos de carbono y bilirrubinas", explica el doctor David Kershenobich, jefe del Departamento de Gastroenterología del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMN). Asimismo, detoxifica (elimina las propiedades tóxicas) tanto medicamentos como alimentos.

Quizá su particular valor para realizar estas funciones cotidianas explique su capacidad de regeneración. "En condiciones normales, el hígado no se regenera muy activamente; una célula hepática puede vivir siete u ocho meses", señala el también director médico de la Fundación Mexicana para Enfermedades Hepáticas. "Pero cuando es agredido, sus células se renuevan incluso con mayor rapidez que las de otros tejidos", agrega. Empero, si el hígado se enferma más allá de su capacidad de restauración, se ven afectadas todas sus funciones metabólicas.

Uno de los mayores riesgos actuales para este órgano es el virus de la hepatitis C (VHC), que se distingue de otras afecciones por su lentitud. Cuando alguien se infecta, pueden pasar entre 20 y 40 años para que se manifieste la enfermedad. En la mayoría de los casos, el hígado no lo puede eliminar; el virus progresa a lo largo de mucho tiempo, volviéndose un padecimiento crónico, que puede convertirse en cirrosis o cáncer, indica el especialista.

Refiere que existen diferentes tipos de hepatitis, y su diferenciación es un reflejo del avance que ha tenido la medicina en biología molecular, que hizo posible la detección del virus de la hepatitis C, identificando su estructura bioquímica molecular en la sangre, incluso antes de que éste pudiera ser observado bajo el microscopio. Previo al conocimiento de su existencia, a los enfermos de hepatitis en fase terminal se les diagnosticaba cirrosis o cáncer, sin saber que uno de los agentes que determinaban su padecimiento era el virus C.

Muchas personas con problemas hepáticos no recuerdan haber padecido nunca de hepatitis aguda, y por eso es importante dar a conocer los factores de riesgo de contagio, para que la gente conozca si tiene o no la posibilidad de haberse infectado por el virus. La frecuencia actual de la hepatitis en México se debe a casos de personas infectadas hace 20 ó 40 años, principalmente por transfusión sanguínea, sobre todo antes de 1993, porque a partir de entonces se comenzó a revisar que la sangre no estuviera contaminada por el VHC.

El doctor Marco Antonio Olivera Martínez, coordinador médico del Programa de Trasplantes del INCMN, coincide con el doctor Kershenobich en que la mejor estrategia en el tratamiento de la hepatitis C es la prevención, utilizando sangre segura. Agrega que otro tipo de factores de riesgo, como el uso de drogas intravenosas, hacen que la incidencia de la enfermedad no disminuya a nivel global, "aunque su frecuencia por transfusión de sangre sí ha bajado", en virtud de que ahora existe sangre segura, y "en México toda la que se transfunde lo es". En cuanto a la práctica común de tatuarse o usar piercings, recomienda que ambos deben ser aplicados con agujas nuevas y en lugares que cumplan con ciertas normas de higiene.

El doctor Olivera Martínez explica que diagnosticar hepatitis C tiene grandes dificultades, ya que son muy vagos sus síntomas típicos. De hecho, "lo único consistente en todos los pacientes es que sufren de fatiga", y no lo son así los datos más específicos (crecimiento del hígado, dolor o ictericia) de las típicas infecciones virales agudas. La evolución de la hepatitis C es tan larga que el virus se queda silencioso tanto tiempo que dificulta su diagnóstico. Por ejemplo, a veces la persona sólo se entera del padecimiento cuando acude a donar sangre, y tras la prueba le avisan que tiene anticuerpo positivo para hepatitis C, lo que la confunde porque en realidad no se siente enferma.

Esto se debe, continúa el doctor Olivera Martínez, a que hay individuos que tienen el anticuerpo sin la enfermedad, lo cual tampoco garantiza que en el futuro ésta no se desarrolle, porque los anticuerpos del organismo son no inhibitorios; es decir, insuficientes para que nuestro sistema inmunológico destruya el virus.

Existen dos escenarios en la consulta de pacientes con hepatitis C, señala. En el primero, llega el paciente asintomático. Si sus pruebas de función de hígado son normales, no hay nada que hacer más que vigilar periódicamente sus aminotransferasas. Dichas enzimas (antes conocidas como transaminasas) están contenidas en las células del hígado y se vierten en la circulación sanguínea cuando aquéllas mueren, generalmente debido a la replicación de virus. "Por eso, a través de las aminotransferasas puede medirse si existe inflamación hepática". En el momento en que se eleven, deberán iniciarse otras maniobras.

En el segundo caso, el paciente tiene aumento de aminotransferasas y el médico ordena un examen para detectar el perfil viral, buscando la presencia de virus B y C, las dos principales causas de enfermedades virales hepáticas crónicas. Generalmente, cuando el virus C sale positivo, el siguiente paso es averiguar qué genotipo es y cuál es su carga viral (cuánto se está replicando). Para ello, se mide el ácido nucleico del virus mediante la técnica llamada reacción de polimerasa en cadena.

También puede proponerse al paciente realizar una biopsia hepática como pronóstico, para conocer el grado de afectación y plantear el tratamiento. Con este procedimiento se toma una muestra muy pequeña del hígado, y da una idea muy buena del estado general del órgano.

Una vez diagnosticada la enfermedad, se pasa a la etapa de tratamiento. El doctor Olivera Martínez apunta que para éste, en la actualidad sólo existe una combinación de medicamentos, aprobada tanto por la oficina estadunidense de Alimentos y Medicinas (FDA), como por la Secretaría de Salud en México: interferón, o una de sus variantes llamada interferón polietilenglicol --o pegilado--, con ribavirina. Este tratamiento se puede extender a seis meses o un año, dependiendo del genotipo del virus C que infecta al paciente, pero todos los genotipos se tratan con este par de medicamentos juntos, ya que si se utilizan individualmente, no tienen tanta efectividad.

Empero, no todos los pacientes son candidatos a recibir el tratamiento. "Se tienen parámetros por convención internacional", advierte el entrevistado, e informa que en Estados Unidos existe el consenso de los institutos nacionales de salud, y muy pronto saldrá la publicación del consenso de la Asociación Mexicana de Hepatología, que especifica los casos a tratar con estos medicamentos.

Por ejemplo, la persona que tiene el virus, pero sus pruebas de función del hígado son normales, no requiere el tratamiento porque éste se indica para reducir la inflamación provocada por la replicación del VHC. Si no hay inflamación, no tiene caso administrarlo. Por el contrario, si un paciente tiene replicación del virus y además presenta alteración en las pruebas de función hepática, es oportuno que lo reciba.

Cuando el daño hepático es muy severo, tendrá que buscarse otra alternativa adicional, como agregarlo a una lista de trasplantes de hígado. "Este no es el último recurso para salvar la vida de alguien", apunta el doctor Olivera Martínez. Si una persona llega demasiado grave, probablemente tendrá los mismos problemas con o sin trasplante. Sin embargo, si cumple con los criterios de inclusión en la lista de espera, se puede recurrir a esta opción terapéutica. Lo malo es que, aun cuando se trasplante el hígado, éste se reinfecta porque el virus sigue circulando. Por la misma razón, los pacientes con hepatitis C no pueden donar sangre ni órganos, ya que transmiten el virus, aun sin haber desarrollado la enfermedad.

El VHC es lo opuesto al virus B. Aunque este último también provoca hepatitis crónica, sólo lo hace en 20 por ciento de las personas a las que ataca como hepatitis aguda; en cambio, el virus C provoca la evolución a hepatitis crónica en 85 por ciento de los pacientes. De quienes la desarrollan, 20 ó 30 por ciento tendrán cirrosis; y de éstos, 15 por ciento podrá padecer cáncer de hígado, la complicación final de esta enfermedad.

Además, el ingreso repetido de un paciente al hospital por complicaciones de la enfermedad hepática, como rotura de venas varicosas en el esófago o insuficiencia renal, requiere de recursos humanos y servicios de urgencias especializados, incluyendo terapia intensiva. Por ello, el tratamiento combinado de interferón polietilenglicol (pegilado) con ribavirina debe emplearse cuando esté indicado, ya que si se hace de manera oportuna, la hepatitis C puede controlarse, concluye el doctor Olivera Martínez.

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